L’Europe aussi doit faire sa révolution ! – Libération

Article paru dans Libération le 11 mars 2011 dans la rubrique Tribune.Liberation

L’Europe aussi doit faire sa révolution !

Par Djémila Boulasha-Meziani, Présidente de l’’association EuropAnous, juriste — 11 mars 2011 à 00:00

L’Europe aussi doit faire sa révolution !

Le sommet européen spécial Libye-Afrique du Nord d’aujourd’hui dissipera difficilement le malaise flagrant de l’Union européenne face aux printemps méditerranéens. Alors que des milliers de manifestants épris de liberté rendaient un pacifique hommage aux valeurs «dignité», «démocratie», socle du projet européen, l’Union européenne est restée sans voix ! Ces événements sont pourtant l’occasion pour elle de révolutionner sa politique extérieure, de jouer un rôle autre que d’éternelle figurante dans les mutations mondiales.

Force sera d’admettre, comme le dit Daniel Lindenberg, que «la page des certitudes tranquilles est désormais tournée». La politique européenne de voisinage, née en 2004 avec l’élargissement, puis étendue à la Méditerranée, vient de jeter son masque ! Au titre du rempart contre l’islamisme, l’Union européenne a conforté des régimes viciés, super gendarmes chargés de sécuriser la rive sud de la Méditerranée en endiguant les flux migratoires.

Cette complaisance a nourri l’autoritarisme des pouvoirs en place, contribué à faire le lit des extrémismes tout en faisant fuir des milliers de personnes vers l’Europe : 15 638 immigrés (toutes nationalités confondues) sont morts aux frontières de l’Europe entre 1988 et 2010 ; 6 566 ont disparu en mer.

Doit-on rappeler que, fin 2010, l’Union européenne envisageait de récompenser la Tunisie, pays sans «difficultés spécifiques», avec le partenariat avancé ; qu’elle n’a interrompu ses négociations avec la Libye vers un accord global de coopération que le 23 février dernier ?

Plus que son manque de leadership, c’est son ambiguïté qui a tétanisé l’Union européenne. Dans ce théâtre d’ombres, son jeu diplomatique s’est révélé politiquement et moralement contre-productif. A signer un pacte avec le diable, on ne peut qu’y perdre son âme !

L’éthique et le courage doivent guider l’Union pour rejeter toute compromission. Les outils existent mais n’ont jamais été utilisés, comme la clause démocratique permettant de suspendre les accords bilatéraux en cas de violation des droits de l’homme. L’Union doit explorer de nouveaux instruments dissuasifs : gel en amont des avoirs des régimes corrompus ; initiatives sur les «biens mal acquis» ; «responsabilité démocratique» des entreprises, transparence des flux financiers…

Tournée vers l’Est, l’Union européenne doit rééquilibrer son attention vers le Sud ! L’idée relancée par le Parlement européen d’une Banque euroméditerranéenne d’investissement (comme la Berd pour l’Est) va dans ce sens. A condition que les financements, conséquents, ne servent pas à alimenter la chaîne de corruption mais dynamisent l’intégration de cette région sans laquelle un développement économique sera vain.

La transparence dans les relations contractuelles est indispensable. Le Parlement européen, doté du pouvoir de contrôle démocratique, pourrait s’assurer de l’utilisation éthique des fonds. Vigie de l’Union en matière de droits de l’homme, il doit servir plus que jamais d’aiguillon contre les dérives des partenaires extérieurs. L’Union devra nécessairement changer de regard : sortir de son optique sécuritaire et privilégier une vision à long terme d’un codéveloppement durable partagée avec le Sud.

Les printemps méditerranéens prouvent que l’aspiration à la justice est universelle ; la démocratie, soluble aussi dans le Sud, n’est pas un virus qui contamine mais guérit des régimes autoritaires, maladie trop fréquente qui n’est pas une fatalité !

Ces révolutions doivent interpeller l’Europe sur ce qui se passe chez elle. Lucide et forte de sa devise «Unis dans la diversité», elle doit envisager différemment l’immigration méditerranéenne. Plutôt qu’un risque, que l’Union européenne tente obsessionnellement d’endiguer à tout prix, l’immigration n’est-elle pas un atout pour la démographie vieillissante et l’économie de l’Europe ? A l’heure où certains n’hésitent plus, dans une Europe où le populisme gagne du terrain, à proposer de repousser en pleine mer les harragas maghrébins, n’est-il pas temps de promouvoir véritablement les synergies avec les immigrés ?

Ces populations ont montré qu’elles ont «des citoyens», dotés d’un ardent désir de vie, de rêves, d’enthousiasme et de courage, et qui ne demandent que le respect de leur humanité pour vivre au même titre que d’autres dans cette grande cité qui nous rassemble.

Si l’Union européenne était sourde à cela, elle risquerait d’être le fossoyeur des valeurs qui la façonnent.

Voir sur le site http://www.liberation.fr/planete/2011/03/11/l-europe-aussi-doit-faire-sa-revolution_720760

 

La UE también tiene que hacer su revolución – El Pais

el-paisArticle publié par El Pais le 7 mars 2011.

Las revoluciones tunecina y egipcia dan fe de la existencia de un profundo abismo entre las dos orillas del Mediterráneo. Mientras millares de manifestantes ávidos de libertad rendían un pacífico homenaje a valores como la dignidad y la democracia, la Unión Europea se ha quedado « sin voz ». Europa, a la que pensábamos vigorizada por el Tratado de Lisboa, se ha mostrado incómoda por los cambios.

Sin embargo, esos acontecimientos suponen para la Unión la oportunidad de emprender una verdadera revolución en su política exterior, de desempeñar un papel en las mutaciones mundiales en igualdad con otros actores. El porvenir del Mediterráneo y los intereses de la Unión merecen algo más que el de ser una eterna comparsa.
Los manifestantes de Túnez y Egipto han desenmascarado la política de vecindad europea.
La Unión debe dotarse de una visión a largo plazo de las relaciones euromediterráneas. Su política de vecindad se acaba de quitar la máscara. Con el pretexto de la muralla contra el islamismo, la Unión ha consolidado regímenes viciados, supergendarmes encargados de tranquilizar la orilla sur encauzando sus flujos migratorios. Esa complacencia ha alimentado el autoritarismo de los poderes establecidos y contribuido a sentar las bases de los extremismos, al tiempo que propiciaba la huida de millares de personas hacia Europa.

¿Habremos de recordar que a finales de 2010 la Unión tenía previsto recompensar a Túnez con un « estatuto avanzado » de cooperación, puesto que no existían para ello « dificultades específicas »? ¿Acaso puede continuar todavía la Unión sus negociaciones con Libia hacia un acuerdo global de cooperación sin tener en cuenta las aspiraciones democráticas de su población?

En ese teatro de sombras, el papel diplomático de la Unión ha resultado ser política y moralmente contraproducente. Cuando se firma un pacto con el diablo, no puede esperarse otra cosa que perder el alma. La ética, la firmeza y el valor deben guiar a la diplomacia europea a rechazar cualquier compromiso de ese género. ¡Los instrumentos existen, pero nunca han sido utilizados! La Unión debe recurrir al carácter condicional democráticamente estipulado en los acuerdos bilaterales, y suspenderlos en caso de violación de los derechos humanos. Debe explorar la utilización de nuevos instrumentos disuasorios: bloqueo de los activos de los regímenes corruptos, iniciativas sobre los « bienes mal adquiridos », « responsabilidad democrática de las empresas »…

Vuelta hasta ahora hacia el Este, la Unión debe reequilibrar su atención hacia el Sur: sus prioridades en política exterior deben reorientarse para dar al Mediterráneo más importancia en lugar de que solo sea brevemente mencionado en los anexos. La idea, recientemente relanzada por el Parlamento Europeo, de un banco euromediterráneo de inversiones (como lo es el BERD para la Europa del Este) permitiría complementar tal reorientación. Además, habría que asegurarse de que las financiaciones, en consecuencia, se consagren a proyectos que beneficien a las poblaciones y no a la cadena de corrupción, y que se orientarán a la integración de la región.

La transparencia y el rigor en las relaciones contractuales con los socios de la Unión son indispensables. El Parlamento Europeo puede desempeñar ahí un papel clave; dotado del poder de control democrático, puede ejercer un derecho de vigilancia sobre los instrumentos de cooperación exterior y asegurarse de la mejor utilización de sus fondos. Como vigía de la Unión en materia de derechos humanos, debe servir de acicate contra las derivas antidemocráticas de los socios de la Unión.

La Unión debe sostener el desarrollo local y la modernización del espacio público: emergencia de una sociedad civil, cooperación sindical; cooperación de las autoridades locales, como Arlem (Asamblea Regional y Local Euromediterránea), del Comité de las Regiones, que ha apostado por la democracia local; transferencias tecnológicas…

La Unión deberá experimentar necesariamente un cambio de mirada: salir de su visión centrada en la seguridad y privilegiar una visión, compartida con el Sur, de un codesarrollo duradero.

Las poblaciones de la región no están condenadas al fatalismo oriental y a las dictaduras. La prueba son estos florecimientos mediterráneos: la democracia también es factible en esa parte del globo. La democracia no es un virus que contamina. Al contrario, los levantamientos han permitido curarse de los regímenes autoritarios, una enfermedad demasiado frecuente.

Esas revoluciones deben interpelar a Europa sobre lo que ocurre en su seno. Debe mostrarse lúcida y valerosa, segura de su divisa « unidos en la diversidad », y abordar de manera diferente la inmigración mediterránea. ¿Acaso no es esta, más que un riesgo, una baza para su envejecida demografía y para su economía? ¿No es hora ya de promover las sinergias con los inmigrados?

Esas poblaciones no están formadas por súbditos sino por ciudadanos, dotados de un ardiente deseo de vida, de sueños, de entusiasmo y de valor que solo piden el respeto a su humanidad. La Unión no puede permanecer sorda ante ello, a riesgo de convertirse en la sepulturera de los valores que la conforman.

Djémila Boulasha es presidenta de la asociación francesa EuropAnous. Traducción de Juan Ramón Azaola.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de marzo de 2011